sábado, 24 de mayo de 2008

Luciérnagas zombies

I

Y el horizonte eran dos macetas.
Adentro, la tierra negra se burlaba del entorno blanco invierno, unos cuadros hechos en serie mostraban un mar inexistente, ya seco entre polvo, pulgas y telarañas. La máquina se movía, lento. Derecha. Fin. Izquierda. Derecha. Fin. Izquierda. Una sombra de somnolencia flotaba en la oficina, mientras los botes en el mar de pulgas esperaban a unos marineros que jamás llegarían. Unos marineros sin rostro, pero que reptaban sobre el barniz como insectos. Derecha. Fin. Izquierda. Fin. Mateo se miraba las manos sobre la máquina y pensaba si el también estaba hecho de polvo y telarañas. Que si alguien soplaba muy fuerte, no desaparecería, perdido, en el viento, flotando, su consciencia, mas allá de las nubes. Como…como una bolsa plástica. No podía armar una metáfora de si mismo sin referirse a algo material, nunca orgánico. Era una bolsa plástica flotando al olvido. Era una maceta definiendo un horizonte entre el cielo blanco invierno. Era una llanta a medio quemar tirada en la calle. Mateo no era alguien, era una cosa. Ese pensamiento le perseguía siempre. ¿Era un accesorio de su propia vida?. No lo sabía, y si no fuera por el puto vaivén narcótico de la fotocopiadora, no le importaría.

Era tarde, la luz le quemaba los ojos, el pelo, los pensamientos, quemaba su cerebro, lo corroía, succionaba su inteligencia, su yo, su pathos se diluía en cada paso, perdiéndose en su sombra. Una sombra luminosa, esa sombra que parece invisible bajo la luz constante, pero que esta ahí, y es la más peligrosa de todas. Afuera (porque había un afuera a pesar de los barcos llenos de ácaros) los ruidos eran los mismos de siempre. Bocinas, que eran gritos de monstruos arrancados de divanes, murmullo de gentes, que no era más que un río vivo de sangre, huesos y deudas. Y asfalto, porque el asfalto suena, canta mas bien, repitiendo todos los gritos que alguna vez ha oído. Mateo oía sus gritos, así que cerró la ventana. O la cerró por que ya se iba. Todas las razones sirven cuando eres un colgante, un adorno, y ni siquiera uno de los que luces orgulloso.

Bajó las escaleras. Y esperó seguir bajando y bajando por siempre. Pasando por el reino de los ciegos, los locos, los desesperados. Seguir bajando. Derretirse en el centro de la tierra, y hecho una pulpa ardiente, caer en el otro extremo, y no al cielo, sino que al vacío, donde se apagaría en un mar sin color, sin sonido, sin agua, un vacío con vaivén.

Llegó a la calle. Camino algunas cuadras, millas, kilómetros, centímetros. Las distancias son tan relativas, tan iguales bajo esta luz de luciérnagas zombies. Compró unos limones y una pasta de dientes.

- Me vende…¿algo de sentido por favor? –

El dependiente soltó una risa amable. Una risa cansada. Siempre esperaba a este joven tan simpático que le pedía siempre algo tan raro al final de día.


(esto sigue, no se cómo, ni cuando, pero sigue
)

3 comentarios:

C. dijo...

Era una bolsa plástica flotando al olvido. Era una maceta definiendo un horizonte entre el cielo blanco invierno. Era una llanta a medio quemar tirada en la calle

Eso me recordó tanto al Libro de las preguntas de Neruda... Precisamente a: ¿Hay algo más triste en el mundo / que un tren inmóvil en la lluvia?

Te adoro, hombre espectacular.

Mirina_laeta dijo...

Me gustó el ritmo de la historia. Era rápida y mantenía la atención hasta el final...

Esperemos q siga :)

pd: De q pollo es la música a too esto?? No recuerdo la marca:p

Diego Dublé - DD dijo...

Había una pésima película ochentera, donde los guerreros se decían cierta cosa al saludarse, pero no lo recuerdo. Cuando logre juntar más de tres (3) neuronas, y recuerde, te aviso.
Por el momento, ¡feliz retorno! y qué retorno...